La biblioteca de Liliput Su fragilidad llama la atención
 |  EFE Los libros miniatura son fáciles de transportar y en la época antigua eran diseñados para ser llevados como amuletos. | Susana López,
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La delicadeza, aparente fragilidad y la dificultad añadida que ofrece su realización hacen que las miniaturas y los objetos minúsculos tengan un encanto especial para muchas personas. Los libros en formato diminuto no escapan de esta atracción. Una fanática de las miniatura
La exposición que ahora se presenta en la Biblioteca Miguel de Cervantes es precisamente el fruto de la pasión de una coleccionista española por esta parcela tan particular de la bibliofilia: los libros en miniatura.
Así se denominan a los volúmenes que no sobrepasan los 75 milímetros de alto. Aunque este punto varía según la época, los países y los especialistas. De este modo, en Europa suelen aceptarse bajo esta denominación incluso las ediciones que alcanzan los 100 milímetros referidos a la mancha impresa, mientras que en los Estados Unidos, donde se encuentra la principal sociedad internacional de editores, coleccionistas y autores de mini libros, sólo se admiten como miniatura los que no sobrepasan los 75 milímetros referidos a su encuadernación.
La Iliada en una nuez
Pero los libros diminutos no son un fenómeno actual. Han existido siempre. De hecho, Plinio en su Tratado de Historia ya menciona la existencia de un pequeño manuscrito de La Iliada que cabía en una cáscara de nuez y son numerosos los ejemplares de tabletas de arcilla sumerias que no sobrepasan los 40 milímetros de tamaño.
Pero los primeros creadores de estas obras minúsculas no se dejaron llevar por el espíritu extravagante del más pequeño todavía sino por cuestiones puramente prácticas: eran más fáciles de transportar y suponían un espacio mínimo y compacto en el que poder almacenar mucha información, aunque también tenían un aspecto simbólico importante y muchos de ellos, sobre todo los religiosos, se diseñaban para ser llevados siempre encima como amuletos.
Con esa idea se realizaron multitud de devocionarios, breviarios y libros de horas. El ejemplo más cercano y lujoso lo tenemos en el Credo de Carlos V, un precioso libro joya a modo de colgante que se conserva en la Biblioteca nacional y que no mide más de 40 milímetros de alto.
Pero debido a lo complicado de reducir a mano con los utensilios usados en esa época la compleja letra gótica de entonces, los ejemplares manuscritos en miniatura sobrepasan el tamaño que antes comentábamos.
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