• San Valentín



El fin del glamour

Romance on-line
El fin del glamour
Promiscuas sentimentales

Las primeras telenovelas, como las leyendas medievales, exaltaban a las heroínas haciéndolas -al menos al comienzo de la historia- seres ideales, etéreas, casi fuera de este mundo. En la telenovela moderna las mujeres que enamoran son muy terrenas. No necesitan de idealizaciones. Como corresponde al mundo en que vivimos, son profesionales, autosuficientes y cometen tantos errores que no pueden ya esperar una veneración irreal.







El trabajo de una heroína puede ser tan importante como el amor. Lo vemos en el caso de Paulina y Juan Cristóbal, de Mundo De Fieras, que son esposos, amantes y colegas. Lo mismo sucedía con Lucero y Jorge Salinas, ambos abogados en Mi Destino Eres Tú. Las oficinas y otros lugares de trabajo se han convertido en espacios para el romance donde las parejas aprenden a conocerse y a evaluarse como personas y como colaboradores laborales. Esto lo hemos visto en La Fea Más Bella.

En Las Dos Caras de Ana, cuando la heroína desea ejecutar su venganza se convierte en la glamorosa y enigmática Marcia, pero su verdadera personalidad es la de una chica sin artificios, que anda en jeans, estudia teatro y  trabaja de asistente de una anciana millonaria. Con esa personalidad fresca y natural es con la que seduce a Rafael, el hombre que ama. En la telenovela del segundo milenio, el artificio y los disfraces tienen una connotación negativa. Por eso, ahora las villanas son adulteradas y artificiales como Irene, de Las Dos Caras De Ana, y  La Oxigenada, de La Fea Más Bella.

No es de sorprender entonces que sea en el Tercer Milenio donde triunfan heroínas tan atípicas que  ni siquiera corresponden a los cánones de belleza reconocibles. ¿En qué otro siglo iba a existir una heroína obesa? Pues hace un par de años vimos a Natalia Streignard subir unas libritas, y ponerse otras de utilería para convertirse en Mi Gorda Bella.

Este milenio ha visto nacer a la Cenicienta más "sui generis" de la historia. Una mujer  dotada de un cerebro tan grande como su lealtad, pero que es también un personaje que en el pasado hubiese sido más causa de risa que de amor, debido a su pésimo gusto para vestirse, su poca delicadeza para reírse ¡y ese bigote que le ha valido el apodo de Tlacoyo Bigotón! Llámese Betty, Lety o como quiera, la famosa "fea" demuestra que los días de la heroína que se pasaba horas acicalándose para el galán ya no existen.



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